Falsa Excepcionalidad


Después de haber fagocitado el
mundial hasta el punto de sentir una sobredosis de fútbol televisado, comencé a
transitar el lento camino del desasosiego una vez que Iker Casillas había
levantado la copa del mundo y se daba por terminado tan magnánimo evento. Traté
de calmar mi síndrome de abstinencia a través de seguir leyendo los suplementos
deportivos de los diarios y las notas de opinión que plagaban las páginas con
exégesis filosóficas acerca de por qué España había logrado la copa y Argentina
había sido eliminada de manera humillante. En síntesis, estas notas decían que
Argentina expresa el individualismo extremo junto a un pensamiento deseoso de
un mesianismo salvador; mientras que España, este verdaderamente justo y
maravilloso campeón, expresa el valor de un grupo de jugadores concientes de
que los resultados se consiguen en equipo y respetando los liderazgos
racionales y poco estridentes como el de don Vicente del Bosque.

Hasta aquí parece todo bastante
normal. Dentro de los cánones argentinos somos excepcionales. Siempre somos
excepcionales. En los triunfos somos los mas grandes, en las derrotas somos el
fracaso mas estrepitoso. Y dentro del fracaso somos el peor individualismo, la
expresión del peor infantilismo. Siempre somos excepcionales, en las buenas y
en las malas.

Si uno sale un poco del miniclima
en el que vivimos, los argentinos podemos ver mas allá de esta falsa
excepcionalidad. Unos días antes del fatídico partido con Alemania, nos
regocijábamos del triunfo contra México pero también le reconocíamos a Maradona
que había constituido un grupo de jugadores que se llevaban bien en los
entrenamientos. No le pasó por alto a ningún “especialista deportivo” las
dificultades que traía su esquema táctico, pero tampoco había demasiada
discusión acerca de que era una selección sin internismos. ¿Eramos la
excepción? No. Muchos equipos logran este estado en la relación. Pero tampoco
éramos Francia que se volvió en la primera rueda enfrascada en un escándalo que
implicaba a no pocos jugadores y su DT que los había llevado a la final en 2006.

¿Somos realmente tan
individualistas? En cierto sentido si. En otro lado escribí la poca solidaridad
argentina que me toco vivir en el exterior. Sin embargo, este individualismo es
relativo. La solidaridad de un equipo no se construye como resultado de la
cultura de un país. Puede haber una solidaridad instrumental, en la que todos
los integrantes del grupo reconocen el valor de concretar el objetivo
particular a través de respetar ciertas reglas que enmarcan los roles de cada
uno. Transpolar el “fracaso” argentino en este último mundial a los valores
sociales es tan exagerado como la excepcionalidad argentina en las buenas y en
las malas.

Acaso en el país donde no se
respetan las reglas, no hubo campeonas mundiales de hockey? ¿No hubo campeones
olímpicos de básquet? ¿Curuchet y Pérez no conformaban un equipo acaso? ¿No
será que no somos tan fracasados, no será que nosotros no somos tan
excepcionales? ¿No será que Maradona hizo varias cosas bien y que, como ser
humano, se puede equivocar en la táctica? ¿No será que los otros también juegan
y que pueden ser mas inteligentes que nosotros en ocasiones y que eso no nos
hace eternamente vulnerables? ¿No será que los partidos se ganan y se pierden
(a veces por goleada)? Como sociedad hace unos pocos meses, ¿no estábamos
participando con solidaridad para llevar alimentos y ropa a los damnificados
por el terremoto de Chile?

 Por último, si bien es cierto que en determinados ambitos
(por ejemplo en política) esperamos el salvador que nos lleve por el camino del
éxito, no somos los únicos que lo hacemos en forma conciente o inconciente. Habría
que preguntarle algún holandés si en los pocos minutos que faltaban después del
gol de Iniesta, ellos no esperaban alguna genialidad salvadora de Sneijder que
los transportara mágicamente a los penales. No lo dudo. No somos
excepcionales.

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