¡No, tampoco!


¡Vení!

¡Vení!

Estoy a tus órdenes. Camino doblado y de costado. Pienso que mis falanges del dedo meñique algún día se me van a desprender. Tirás y tirás. Mi cuerpo responde, se levanta de la cama. Vos tirás. Esperá, te digo. No te importa, solo querés llevarme a donde está la tele. Pita pita, decís mientras me señalás con tu mano libre la caja boba. Es temprano para los dibujitos de Baby TV. Mejor hacemos el desayuno. Logro que me sueltes el dedo y te quedás en el suelo protestando, sollozando. Saco dos naranjas de la heladera, te las muestro, parás de protestar y movés las manos para que haga los malabares. Una naranja en el aire y la otra pasa de mano. Esa en el aire y la otra en la otra mano. Vos sonreís. Corto las naranjas para hacerte el jugo. Hace unos días estábamos en Bogotá. Tu tía Diana, mamá y yo nos sentamos en un lugar nuevo en el Park Way. Vos deambulabas por todo el lugar. Alguien pidió una porción de torta de amapola. Viniste a la mesa y dijiste “torta” por primera vez. En ese instante sentí ese silencio de sorpresa y alegría. Es un segundo, se siente algo dentro, como una explosión indescriptible y mucha satisfacción. Se siente todo eso solo un instante antes del festejo en conjunto por tu palabra nueva. De esa porción no quedó nada, fue toda tuya. Diana pidió otra.
Mamá eeeeee’ míiiiiiiiiiia, me gritás cuando la vez salir recién bañada. Nooooo, es míiiiiiiia te respondo con media naranja en la mano mientras ella te hace upa y se sonríe de su popularidad doméstica. Nos abrazamos los tres y vos mirás con una risa cuando la beso a ella. Allá, en Mosquera, fuera de Bogotá te resististe al subir al caballo. Ana María te mostraba los animales pero no querías saber nada. Acariciamos los caballos y vos hacías “muuuuu”. No eran vacas. Te pusimos un casco pero te enfureciste. Dejé que jugaras en el césped, que te distrajeras viendo correr los caballos y los tacos pegándole a las pelotas. Te saqué fotos mientras arrancaste alguna flor del pasto. Hasta que accediste, Ana María se acercó con un caballo y te subiste sin problemas. Ahí fuiste a recorrer el campo de juego con la elegancia de una jocketa. No te querías bajar. La foto más linda es la que estás vos inflando tus labios mirando directo a cámara y la sonrisa llena de dientes de tu tía detrás teniéndote de atrás con una mano y con la otra las riedas.
Te siento en tu silla, te pongo el cinturón y la bandeja delante tuyo. Corro tu melena para prenderte el babero porque te conozco y te pongo el vaso con jugo. ¡Mmmmmmmmm! decís y mamá te da un pedazo de su tostada. ¡¡¡Dos, tres, siete!!!, gritás cuando ves unos números en las hojas de una revista. ¿Bam- Bam?, preguntás ansiosa. Es temprano para la televisión, te explico. Unos días antes estabas en un colchón con una computadora que mostraba a “Billy y Bam-Bam” ad eternum por Youtube. Detrás se recostó Javier. Vos le agarraste una mano, la otra y lo hiciste feliz. Te recostaste sobre tu cuerpo envolviéndote entre sus brazos. No te importo que te besara con los pinchazos de una barba que estaba naciendo. Vos también estabas feliz.
Acá estamos. Pasamos de ver decenas, cientos, miles de personas a ser el power trío de siempre. Te saco de tu silla. Me abrazas en el aire y tus piernas son tentáculos que no dejan que te apoye en el suelo. Tu mamá se ríe de mi situación. Yo te abrazo. Te digo que te tengo que bajar que me tengo que ir a bañar. ¡No, tampoco! me respondés. Tampoco, la nueva palabra. Sonrío y busco la complicidad de mamá. Logro que tus piernas aflojen y que acepten aterrizar. Mi meñique no zafa. Me paseas por tu habitación, agarrás una sarten en miñatura que te llegó desde Suecia, me llevas a mi habitación, entramos al baño y agarras mi desodorante. Salimos por el pasillo me soltás y subís tus brazos. Te alzo, apoyas tu cabeza en mi hombro. Yo tampoco quiero irme a trabajar.

Twitter: @martinkunik

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