De vez en cuando


De vez en cuando. Fuente: http://www.vertigu.com/As/Columnes/La-pelota-nun-se-mancha---Pablo-Moro/

De vez en cuando.

Gianinna me preguntó: “¿Papi, cuándo vas a volver a jugar como en los videos?”. Me cortó las piernas. –  Diego A. Maradona (1996)

Hace varios años estábamos con mi amigo el Colo sentados almorzando mirando un partido del futbol italiano en la mítica casa del centro de San Isidro en la que todavía hoy vive su madre. En un momento, de la nada, me dijo: “¿te acordás el golazo que metiste de tiro libre en el campo de deportes Intendente Neyer?” Yo me quedé pensando, no tenía la más mínima idea de qué me estaba hablando. No me acordaba ni de ese gol ni de ninguno que hubiera hecho. Ante mi cara de sorpresa, el Colo comenzó a describirme el gol que había ocurrido hacía por lo menos siete años antes. Mientras lo contaba, las nubes de mi memoria se fueron aplacando hasta que logré visualizarlo. Era un partido por un campeonato intercolegial, creo que jugábamos contra el Labardén. Yo acomodé la pelota cerca del vértice izquierdo del área grande. “La balón”, hay que decirlo, no estaba inflada al 100%. La cuestión es que le pegué de tal forma que la pelota se elevó haciendo una parábola en diagonal y cayó en el ángulo derecho del arquero limpia y certera. Se me vino a la mente que cuando vi que se metía me di vuelta, hice el saltito típico cerrando el puño emulando al Diego y vi como el técnico de nuestro colegio estaba gritando el gol como un desaforado. Les juro que no lo recordaba, estaba absolutamente sepultado en el olvido. Realmente fue un golazo cuando logré encontrarme nuevamente con su imagen me culpaba por no recordarlo. Durante los días siguientes me fui pensando como la mente anula determinados recuerdos que son felices. En cierto sentido, como la memoria, a veces, anula los logros. Porque un gol es un logro y un golazo, un lograzo.

Nunca fui un jugador rápido y desde chico fui consciente sobre mis limitaciones futbolísticas. De hecho, nunca fui un buen jugador, jamás fui habilidoso. No es que la gente que me veía decía, “¡cómo juega Kunik, es un diferente, que lo parió!”…no, está clarísimo que no, que nunca ocurrió todo eso, y te lo digo a vos mal intencionado comentarista antes de hacer tu aporte a este post con alguna burla socarrona hacia mi “talento” deportivo. De lo que trato de hablar es que había otro rendimiento, había otra dinámica. De pendejo, me gustaba jugar por la izquierda haciéndome el Jorge Comas. Para mí, Comitas era lo máximo; su proyección por las bandas, sus centros quirúrgicos, sus tiros libres infalibles y, por sobre todas las cosas, su peinado que adelante era corto pero detrás aparecían “las cubanas”, esas mechas ochentosas que poblaban los campos de juego en aquel entonces. La dura realidad me fue mostrando que no tenía la velocidad y, por sobre todas las cosas, que no era zurdo. Comencé a jugar de 8, volante por derecha, donde me acomodaba mejor. O por lo menos eso creía. Y me fui dando cuenta que uno podía compensar la velocidad con correr, ubicarse bien y pegarle bien a la pelota. Alguien alguna vez me dijo que Menotti nunca había sido un jugador rápido pero corría mucho  y tenía una pegada más que aceptable. Bueno, en algún momento llegué a pegarle bien a la pelota – o mi memoria sesgada me hace pensar que fue así–, me gustaba pegarle en los tiros libres y sobre todo en los corners (siempre fui un choto yendo a cabecear).

Con el tiempo, me fui achanchando, no solo en peso sino en ejercicio. Vino la universidad, trabajar, irme a estudiar a Estados Unidos, volver. Siempre intenté jugar y lo hice donde estuviera. Jugué campeonatos de futbol 5, jugué en canchas grandes sintéticas en Carolina del Norte, jugué en las canchas que hay en los bajo autopista de la ciudad y ahora, una vez por semana estoy jugando detrás de la facultad de derecho en unas canchas que dan a la vías del ferrocarril Mitre. Pero nunca más fue lo mismo. En algún momento perdí la confianza, la ubicación y la pegada. En algún momento que no logro divisar no me encontré más. Me fui relegando, comencé a jugar de defensor como si eso ayudara a disimular mi decadencia, como si eso fuera de alguna manera una solución. Solo me queda correr para destruir el juego, correr para perseguir y anular al creador.

No les voy a mentir, hubo momentos de revancha, alegres que no quiero olvidar como lo hice con ese gol de tiro libre. El año pasado un amigo, Pablo, me invitó a jugar en un partido de un torneo en un country. El campo estaba mojado y la lluvia caía de frente. El partido estaba tan enmarañado que se fue poniendo caliente. Nuestro equipo venía de dos derrotas seguidas y los que se habían anotado como titulares ya no iban a jugar. El barro ya había tapado nuestros botines, medias y rodillas. Pablo, como de costumbre, le hablaba hasta el hartazgo al árbitro y este ya tenía los huevos al plato de Pablo. Terminamos ganando el partido con lo justo y yo jugué de forma aceptable. Tan aceptable que mi juez interno estaba contento. Había jugado todo el partido, había metido un gol y volvía en el auto por panamericana mojado y eufórico. De vez en cuando, ocurren esas cosas. De vez en cuando, uno baja la autoexigencia, mata al juez interno, se relaja y juega como es, como puede, sin tener en cuenta lo que uno piensa que podría jugar. Sin pensar, solo juega. De vez en cuando, uno vuelve a casa con más de treinta años y sabiendo que los músculos le van a doler por una semana, se sienta, destapa una cerveza, sonríe y piensa “quisiera que todos los días fueran así para no tener que recordarlo.”

 Twitter: @martinkunik

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