La chancha, los veinte y la maquina de hacer chorizos


La chancha...

“¡Vamos! Hay que hablar en serio de la inversión y la inflación. No se puede la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos” Cristina F. de Kirchner 22/11/2011

Hace algunos años, mientras hacía mi maestría en planeamiento urbano en Carolina del Norte, tomé una materia que se llamaba “Water Policy in Developing Countries” (la traducción es algo así: políticas de agua en países en desarrollo). La materia tiene más de 25 años en la currícula de alumnos de los departamentos de urbanismo, ingeniería ambiental, salud pública y políticas públicas. El encanto del curso va más allá de la Universidad de Carolina del Norte, donde yo concurría, ya que atraía a alumnos de otras universidades privadas (Duke University) o técnicas (NC State University) del denominado “Research Triangle”.

La materia se dicta en el salón más grande del departamento de Salud Pública que es holgadamente atestado por la concurrencia. El que comanda el barco de semejante popularidad es Dale Whittington, un economista histriónico a veces y osco en otras. Dale desde el primer minuto te hace sentir su exigencia sin ningún tipo de misericordia pero cuando terminás cualquiera de sus cursos sentís que aprendiste lo que de otra manera no lo hubieras podido hacer.

Este curso explica la problemática del agua desde el punto de vista económico pero va más allá. La temática es tan amplia que trasciende el enfoque de la oferta (infraestructura, recursos materiales y naturales) y la demanda (consumo por habitante y por hogar) tocando temas como la salud pública (mortalidad infantil), problemas de género (en África muchas tribus supeditan a la mujer a buscar agua) y corrupción en el sector, entre otros.

Cuando se estaba terminando el curso, Whittington me pidió que haga una presentación sobre las privatizaciones en Argentina tomando como referencia el paper “Water for Life: The Impact of the Privatization of Water Services on Child Mortality” de Sebastián Galiani, Paul Gertler y Ernesto Schargrodsky. En principio traté de eludir el compromiso porque se trataba de dar una presentación ante una clase multitudinaria con un inglés que dejaba mucho que desear. Whittington me respondió con otro mail diciendo solo unas pocas palabras: “you are going to be fine.” En ese momento yo estaba en el laboratorio del departamento de estadísticas frente a mi computadora angustiado y entendí el sentido puro de la frase “I’m fucked up!

Finalmente comencé esa clase explicando donde quedaba Argentina brevemente y seguí de lleno con el paper de Galiani et al. El trabajo explica de una manera concisa que las privatizaciones en el sector ayudaron a reducir la mortalidad infantil en un 8% y que llegaba a una reducción del 26% en zonas muy pobres. Todo esto era demostrado con una metodología estadística bastante compleja.

Esa clase la tomé en 2006 cuando Aguas Argentinas había sido recientemente reestatizada transformándose en AySA porque supuestamente no quería invertir (en un contexto de tarifas congeladas). En clase expliqué que el paper sólo tenía en cuenta grandes conglomerados en el interior del país pero no al Gran Buenos Aires. Me pareció importante ir más allá de ese trabajo y expuse acerca de las ganancias que se llevaban las empresas privatizadas. Con cara de indignación dije que durante el periodo 1994-2000 Aguas Argentinas tenía un ratio de 19% de ganancia sobre capital neto. Whittington me paró, me miró fijo y me preguntó “Martín, para vos las empresas se llevan mucho o poco de ganancia.” Dije que creía que mucho. Silencio, nadie hablaba. Me dijo, “19% de ganancias sobre capital neto es este sector es nada.” Explicó que él era crítico de las privatizaciones pero que había que tener en cuenta los costos de mantenimiento y operación que son altísimos. Y que nunca, jamás, había que dejar de invertir. Sin darme cuenta, le había dado el pie para explicar los dos últimos temas del curso: tarifas y subsidios.

Hoy en Argentina nos están tratando de hacer creer que con la quita de subsidios va haber un reacomodamiento de la economía redistribuyendo la riqueza. Lamentablemente no es así sino se cambia el foco de la metodología. Lo que está tratando de hacer el gobierno no es aumentar las tarifas que le permitiría a las empresas reinvertir, sino aumentar impuestos para cerrar la brecha del déficit fiscal lo que va a generar otra bola de nieve a futuro. El dinero no va a la empresa, va al gobierno que discrecionalmente distribuye. AySA, empresa del Estado y regulada por el Ministerio de Planificación ya necesitó $ 2245 millones para funcionar este año, 1103 millones más que en el mismo período que el año pasado. Los porteños y los que viven en los 17 distritos del conurbano bonaerense que son abastecidos por AySA, pagan $ 0,66 por cada metro cúbico de aguas o cloacas facturado. Mientras que los neuquinos pagan un 77% más; los santafecinos, un 89% más, y los mendocinos, un 91% por encima de lo que se les pide a los porteños por el mismo servicio. Estas brechas llaman la atención en relación al retraso de tarifas y al manejo estatal de la gestión del agua. ¿Cómo sabe AySA el dinero que tiene que pedir al gobierno si hay poquísimos medidores de agua en los hogares del Gran Buenos Aires? ¿El impuestazo disfrazado de redistribución a donde va? En algo estamos de acuerdo: No se puede la chancha, los veinte y la maquina de hacer chorizos…

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