El intocable del vallenato


Siempre sonriendo

Siempre sonriendo

El tipo estaba ahí, agradecido y generoso. Sabía exactamente donde estaba parado y lo hizo saber. El Luna Park estallaba con una histeria explosiva que se respiraba en el ambiente varios minutos antes de comenzado el show. Dijo sentirse agradecido de estar en ese templo del espectáculo, el deporte y de la historia política argentina. La gente lo ovacionó. Nombró a Nicolino Locche y muchos de los miles de colombianos aplaudían sin saber quién había sido. Cómo no iba a saber él quién era “el intocable” si en una de sus canciones exclama “viva Palenque, viva Pambelé”. Por momentos, se paraba en el escenario poniéndose en guardia y tirando jabs al aire mientras su banda emanaba esa fusión de furia vallenata y rock incontenible. Yo me preguntaba a quién se le había ocurrido poner sillas en el suelo del Luna si la gente no las usó en ningún momento. Un estorbo para la pulsión colombiana al movimiento, una afrenta para el baile. Carlos Vives estaba ahí con su cara que te invita a ser feliz, con su cara que te dice: permiso, yo soy la fiesta. Las mujeres –sin importar sus edades– no se podían contener, se bailaban encima. Desde mi silla podía ver todo el estadio. En uno de los pasillos había un señor bien vestido, con pantalón blanco, camisa negra, zapatos claros y anteojos. Su aspecto era prolijo y super colombiano. Ese señor no paraba de cantar, no había canción que no se supiera la letra y bailaba y bailaba y bailaba. Yo necesitaba un punto de referencia entre tantas caderas femeninas descontroladas. Y volvía mi mirada al señor y él estaba en trance, gritaba, bailaba, hacía los ritmos de la batería con sus manos. En esos pasillos corría la gente para acercarse al escenario y saludar al cantante. Vives iba de un lado al otro del escenario con su sonrisa incandescente saludando a una por una de las manos que le extendían.

La banda era un reloj y Egidio Cuadrado con su acordeón destilaba vallenato con sus dedos a la velocidad de la luz. En un momento, Egidio desarrolló los primeros acordes de una canción y detrás de mí una chica que reconoció de que se trataba exclamó “¡maaaaaaaaaariiiiiiiiiiiicaaaaaaaaaaaa!” Y así era todo, Catalina no paraba de bailar y de cantar, no había forma, no había un por qué parar.

Vives jugó desde el primer momento con la melancolía colombiana que es una melancolía alegre lejos de aquella triste del porteño tanguero. Comenzó el show con un video de Santa Marta y la Sierra Nevada y presentaba a cada uno de su banda explicando de que ciudad o región de Colombia eran oriundos. El efecto visual del show era contundente, mucho color, mucha reminiscencias a la selva y el mar colombiano. No se olvidó de remarcar su fanatismo por el rock argentino recordando que en ese preciso lugar se había separado Sui Generis en 1975 y se dio el lujo de cantar “Canción para mi muerte” y “El fantasma de Canterville” junto al inefable Nito Mestre.

En un pasaje del show debo confesar que me emocioné, mi garganta se me cerró y mis ojos se llenaron de agua. Vives cantaba “…Si, si, si que este amor es tan profundo que tú eres mi consentida y que lo sepa todo el mundo…” y en la pantalla aparecía él con una de sus hijas en diferentes situaciones familiares. Consentir, un verbo que el argentino no usa. Yo había escuchado la canción cientos, miles de veces pero mi reciente paternidad no se aguantó la conmoción (Catalina tampoco…). Pero al pasar la canción sentía que la emoción no se me iba y creo que tenía que ver con que Vives sintetizaba el sonido de la época que yo vivía en Washington rodeado de colombianos, amos y señores de las fiestas, patrones de los estéreos de los autos que nos llevaban a los paseos de fin de semana. Carlos Vives son mis amigos, es mi esposa, es un momento, un tiempo y un lugar preciso.

Twitter: @martinkunik

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