¡Pará, dejame terminar!


La receta parece fácil. Un grupo de panelistas donde se mezclan los roles: el chicanero, el especialista, el histórico, el eventual. Algunos invitados: políticos, sindicalistas, otros periodistas, figuras artísticas, expertos en algún tema particular. Un conductor carismático y cándido que la juega de coordinador del debate mientras una música de película de suspenso se mantiene firme detrás con altibajos en el volumen según la declaración y el tema. Unos se acusan a otros de algo que no tiene que ver con el tema de fondo. Cuando el fragor del debate aumenta, cuando los decibeles acoplan los argumentos, suena una campana de box para que se ordene momentáneamente la polémica. Lo más importante es que haya mucha gente en el piso, muchas opiniones sin importar cuán informadas están. El tiempo en TV es tirano y la gente se aburre si no hay vorágine de imágenes. Por lo tanto, la cantidad de gente invitada es funcional a múltiples planos cortos, a la aceleración de contenido y a la posibilidad de que se prenda la chispa de la chicana así el debate se desarrolla al borde de la agitación. “¡Pará, dejame terminar!” se escucha una y otra vez entre diferentes voces que tratan de decir algo que se pierde en la nada. El público en el piso es homogéneo, en cada capítulo aparecen militantes jóvenes de algún partido o facción partidaria que se le da la palabra para intentar algún contrapunto con algún invitado y volver a encender la polémica. No creo que sea fácil hacerlo, pero un programa así está tocando algún nervio donde parte de la audiencia se siente identificada en la forma de debatir. [El texto de la columna completa haciendo click aquí]

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