Reunión de padres


Ahí vamos

Ahí vamos

No sé si Lu está preparada para ir al jardín, dijo tu mamá el día anterior a que empezaras el camino a la institucionalización educativa. Ya habíamos superado la reunión con la psicopedagoga, la reunión con las maestras jardineras y la reunión de padres. De está última, había salido con una angustia notable. Se me cerraba la garganta con solo pensar que vos, mi bebé, te ibas a quedar unas horas fuera de casa con una supervisión externa que no fuera ni tus papás ni Estela. En esa reunión, los padres se sentaron en círculo. Las maestras jardineras se presentaron y trataron de tranquilizarnos con su simpatía pedagógica. Había muchas más madres que padres. Se notaba a la legua quienes eran aquellas que están sobrepasadas por el trabajo durante la semana de adaptación. Y ahí vino, lo esperable: Por favor, preséntense, digan el nombre de sus hijos y dos características que lo distingan. Un juego que va directo al centro del orgullo paterno. Dos características sobre el ser más importante en la Tierra. ¿Sólo dos? pregunté en silencio. La ronda avanzaba, las madres buscaban adjetivos emocionales y los padres actitudes. Pero, cuando se trataba de una nena, se colaba algún sustantivo: mi hija es una princesa. Princesa, muñeca, reina…Cuando le tocó a tu mamá, ella dijo que sos amorosa, que siempre querías un abrazo. Merito para tu mamá ingeniera el de poder salir de las pocas palabras cuando le toca hablar en público y expresarse así de vos. Es cierto, sos amorosa, cariñosa, amable con el otro. Tu mamá, en la emoción se quedó pensando la segunda característica y ahí me abrí paso yo: mi hija es muuuuuy inteligente, lo dije con humor, porque sabemos que todo padre piensa que su hijo lo es. Pero lo dije bien enserio. Sos muy inteligente y no necesitas ser una princesa para abrirte paso en este mundo.

Hace más de diez años un economista de la UCA estaba organizando un evento sobre reforma del Estado. Como quería colaborar, le propuse traer a dos especialistas de mi universidad. Uno era el director de mi carrera y otra era M una especialista que enseñaba en el posgrado de políticas públicas. Los dos aceptaron. El evento comenzó en un aula magna repleta de gente. En la mesa que le tocó a M, ella era la única mujer. Cuatro hombres y ella. La persona que presentó a los expositores dejó a M para el final y dijo: Y para ponerle belleza a esta mesa…bla…bla…bla… está con nosotros M. El tipo, que no recuerdo quién fue se quiso hacer el caballero o langa, no sé. La cosa es que M agarró el micrófono y dijo con un fastidio evidente pero controlado: bueno, a mi me invitaron por mi saber sobre la temática y mi carrera profesional, yo no sabía que esto era un certamen de belleza… El silencio se apoderó del salón San Agustín de la UCA. Cuando el tipo trató de disculparse farfullando algo, M arrancó con su presentación dejándolo en offside. Siempre me quedó esa imagen, siempre se la recuerdo cuando me la cruzo. Esos reflejos aleccionadores no lo tienen las princesas.

Como padres nos acostumbramos a asumir determinadas características en nuestros hijos, no las decimos porque pensamos que son evidentes. Sin embargo, expresamos proyecciones de otras con sumo cariño pero que son sólo construcciones sociales que pueden llegar a determinar el lugar que ocupa cada uno en una comunidad y la percepción de los otros.

Va a estar bien, todo va a salir bien, le contesté a tu mamá ese domingo tratando de ocultar mi angustia paternal. Ya pasaron algunas semanas y cada vez que te digo de ir al jardín me decís ssssssíiiiiiii con entusiasmo. Ahí vamos.

@martinkunik

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