¡CALABRIA CHICA, VÍCTOR!


SifonEl mozo dejó el último ticket en el pinche de nuestra mesa. No sé si la intención es intimidar al cliente haciendo consciente la cuenta durante toda la cena pero el método es bien transparente. Entre el sifón, la jarra de cerveza, el López cosecha 2011 y el vaso con los hielos Rolito estaban esos tickets que habían absorbido parte del aceite que salpicaba la muzzarela de las últimas porciones de una Calabresa. Mi estómago estaba completo al tope y, si me apuran, aseguraría que no había parte de mi esófago que estuviera libre.
Salir del corredor norte de Buenos Aires me trae alguna aprensión. Me sacan de mi zona, de donde te manejás con confianza. Las calles cambian de nombre. Avenida De los Incas se transforma en Francisco Beiró. Aparecen los barrios de casas bajas y caserones. Se descubren negocios que uno pensaba que ya no existían. Acelerás con cautela contando las cuadras hasta encontrar Segurola. Doblás prestando atención por si, de pedo, encontrás la esquina de Segurola y Habana. Aquella en la que Maradona después de un partido entre Boca y Colón había citado al Huevo Toresani para determinar quién la tenía más larga: “A Toresani: Segurola y Habana 4310, 7mo piso y vamo’ a ver si me dura 30 segundos.” Pero no. Después me di cuenta que esa intersección estaba del otro lado de Beiró. La oscuridad del barrio no me intimidaba. Veía gente caminando en la calle y comercios abiertos. En Álvarez Jonte doblé y dejé el auto a unas cuadras donde pensé que había suficiente luz. Después me di cuenta que las cuadras del centro comercial de Monte Castro eran maratónicas. Pero las caminé con la curiosidad de un pajuerano, mirando los comercios y la gente que se perdía por ahí. De un lado Devoto, del otro Floresta. En el medio Monte Castro y en el límite con Villa Luro la pizzería El Fortín.
Cuando iba llegando a la esquina de Álvarez Jonte y Lope de Vega veo gente amontonada. Mucha gente. Entre el público lo veo a Sebastián con cara de preocupación. “Marcelo todavía no llegó” me dice mirando a la puerta del local. La pizzería tenía dos grandes ventanales filetados en la covacha y resplandecía la luz blanca de tubo desde adentro. Apoyada en uno de los ventanales vi a una chica rubia de pelo lacio con jeans bien ajustados acompañada por otra mujer y dos hombres. Imagino que uno de ellos era su novio pero eso no importó porque intercambiamos varias miradas antes de perderla de vista. “Llevame a un lugar lindo” quizá le había dicho al novio un rato antes. Y él, junto a su amigo, decidió por las luces de neón rojas de El Fortín. Es probable que ante la desilusión, él haya argumentado que esa pizzería había sido declarada de interés cultural. Ella esperó su mesa resignada con sus manos en la campera mientras nos estudiábamos de refilón.

El Fortín

El Fortín

La tensión de Sebastián estaba justificada. Cada tanto salía uno de los mozos gritando un número. El nuestro era el 64. Pero el mozo no respetaba la correlación numérica fogonenado así el suspenso. Lo insólito era que, de vez en cuando, el mozo salía y preguntaba “quién tiene el número más bajo” ante el tumulto impregnado de esa ansiedad argentina que no respeta números, razas ni géneros por sentarse donde sea. Había mesas de dos, de cuatro y desde afuera se veía esas pequeñas mesadas para comer la pizza de dorapa.
Yo estaba a mis anchas. Todo me parecía perfecto. Sentía que salirme del mundo cajetilla de la zona norte me relajaba. Hasta la espera me parecía genial. Antes que nos asignaran la mesa, entré al local para ver cómo era. Las camisetas de Vélez y All Boys enmarcadas en la pared, el fileteado de las ventanas que dan a la cocina, las sillas y mesas cualunques, el ruido espasmódico de las conversaciones y las paredes de un celeste berreta me hacían sentir como un personaje barrial de las películas de Campanella.

Covacha - Fileteado.

Covacha – Fileteado.

Marcelo llegó con un pucho en la mano. Se acomodó los anteojos y nos contó la primera vez que él había visitado la pizzería de pendejo. Ya estábamos los tres riéndonos del método ilógico del mozo que gritaba los números. “61, 62, 63” dijo y desapareció sin agarrar ningún número dejándonos en el umbral. Marcelo, entre risas nerviosas, nos dijo que también venía el Negro, poniendo así en tela de juicio si nos darían la mesa para cuatro cuando nos faltaba uno. El acomodador volvió y Sebastián, sin decir palabra, le mostró nuestro número. Recién ahí nos asignaron una mesa que daba a un ventanal entre la heladera de las gaseosas y las máquinas registradoras de las cuales pendían en el aire sus cables de electricidad.
Cuando nos sentamos, podíamos oler la lavandina que había sido usada para limpiar nuestra mesa. “Esto es higiene en serio” dijo Marcelo. El olor no se iba a ir durante buena parte de la cena. El Negro llegó justo a tiempo y se sentó con nosotros. Envidio a esas personas que logran llegar en punto, sin espera. Yo lo miraba al Negro, a quien acababa de conocer, y se me parecía a alguien. Más tarde admitió que ese mismo día un canillita en la calle le dijo “eh amigo, te parecé al Pity.” Claro, al reventado del Pity Álvarez, el cantante de Viejas Locas. El Negro no demostraba preocupación alguna con el parecido lo que me generaba curiosidad y simpatía.
Apareció nuestro mozo; un gordo calvo, sin dientes, con una cicatriz en el labio superior y algo de sudor en la frente por el trajín. Quizá había salido hace unos días de una penitenciaría pero eso nunca los sabremos. En dos segundos nos puso la mesa. “¿Qué les sirvo chicos?” preguntó. Pedimos una grande de jamón y morrones. El mozo nos miró con displicencia y nos dice “si quieren pueden pedir una mitad de jamón y morrones, mitad fugazzeta.” Nos miramos entre nosotros y hubo consenso. Lo que no esperábamos fue que el mozo volviera en menos de un minuto con la pizza hecha. Sospechamos que era un remanente recalentado de alguien arrepentido de su pedido. Cuando hay hambre no hay pizza de segunda mano. Menos, cuando el que te lo sirve se parece al Gordo Valor.

Ventana que da a la cocina.

Ventana que da a la cocina.

La pizza estaba buena. La muzzarela era esponjosa pero bien suave. Los ríos de aceite caían en nuestros platos o se incorporaban a nuestro organismo con placer. Con la pizza habíamos pedido cuatro porciones de fainá. En general, en cualquier pizzería, la fainá se vende por porciones triangulares. Aquí no. Es indescriptible el inmenso paralelepípedo cortado con los dientes que me tocó. Fuimos bajando cada mordisco, cada porción con cerveza, vino o soda.
Mientras comíamos, hice un análisis del menú que contaba sólo de algunos gustos elementales (muzzarela, muzzarela con anchoas, fugazza, fugazzeta con queso, jamón, morrones, jamón y morrones, calabresa, napolitana y española). Con el Negro nos preguntábamos cuál sería la consecuencia de pedirle al mozo la sutileza gourmet de una pizza de rúcula y tomates secos o si nos podía confirmar si la cerveza era Warsteiner. Ninguno de los dos tuvo la hombría suficiente.
Igual, fuimos por más. Consensuamos pedir otra pizza a pesar de que nuestros estómagos estaban emitiendo señales que paremos de inmediato. “Pidamos una Calabresa, pero chica” dijo Sebastián. Ahí fuimos. Paré al mozo en uno de sus rallys entre mesa y mesa. “¡Calabria chica, Victor!” gritó hacia el otro lado del mostrador. La sintaxis de ese grito parecía una contraseña del Agente 86. Mientras tanto, miraba a mí alrededor y de frente teníamos la heladera con los postres. El menú avisaba que había duraznos en almíbar y flan pero la heladera mostraba merengues enormes con dulce de leche y una torta gigante de crema con consistencia dudosa por su aspecto amorfo. Unos minutos después nos enteramos de que esa torta se llama Balcarce.

Calabresa (Así la sirvieron)

Calabresa (Así la sirvieron)

Nos entregaron la Calabresa. El queso rebosaba, los morrones estaban cortados a mano y tenía los pedazos de longaniza más grandes que había visto en toda mi vida sobre una pizza. Un mar de aceite. Cada uno agarró una porción. La porción de despedida. Estábamos escorados.
Nos despedimos en una esquina de Devoto después de un intento fallido por entrar al Café de García. Nunca un mozo nos había echado de manera tan diplomática. Ese mozo nunca tendría la oportunidad de trabajar en El Fortín. Ya en el auto de vuelta, hablando con Sebastián sobre literatura, pensaba que lo tenía que escribir. Beiró volvió a ser Los Incas.

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