Punto ciego


Siempre hay un punto ciego. Fuente: Wikipedia

Siempre hay un punto ciego. Fuente: Wikipedia

Ese viernes, sintió un revoltijo en el estómago por el rechazo inesperado. “Cómo me cagan, al final todos tienen una palanca, un padrino menos yo” se lamentaba. Salió de su oficina, bajó las escaleras, miró la fila de los jubilados que se amontonaban en las cajas y al llegar a la calle miró la única nube deshilvanándose en el cielo. Cruzó el empedrado y al llegar al kiosco sacó de su bolsillo unos pesos para comprarse los Parisiennes largos que le calmaban la ansiedad. El kiosquero le dio el cambio y en un billete de cinco pesos estaba escrito “Si no es ahora, ¿cuándo? Si no sos vos, ¿quién? Si no es acá, ¿dónde?”. Después de la primera bocanada miró la sucursal de frente. Con mirada triste y el labio inferior comprimiendo el bigote, vio al camión de caudales acercarse y frenar en la puerta.

Siempre son cuatro, el chofer y tres oficiales. Todos con chalecos antibalas. El chofer abre la puerta del camión, un oficial queda haciendo guardia en la entrada del banco y hace la seña para que inicie el procedimiento. Otro sale con las sacas y el último lo cubre en el recorrido. El procedimiento se hace 3 veces y cada saca tiene alrededor de trescientos mil dólares. El chofer es el único que se queda en el camión. Son 15 pasos hasta la escalera, 13 escalones y un corredor hasta la bóveda. Un minuto y medio. Desactivan la alarma, abren la compuerta y entregan la saca al encargado de la bóveda. Un minuto cincuenta segundos más. Vuelven por otra saca. Otro minuto. Adentro hay un guardia del banco en una garita sobre las cajas monitoreando con cámaras internas movimientos y afuera un policía hace su ronda cada cuarenta minutos. La cuadra está llena de cámaras que el intendente  instaló antes de la última elección.  Pero él, que ya cumplió quince años en el banco, sabe muy bien dónde hay un punto ciego para el efecto sorpresa de un golpe.

Aspiró la boquilla del cigarrillo por última vez antes de estrangularlo con la suela del zapato. Cruzó, y al entrar, un jubilado le preguntó dónde podía pedir su tarjeta de coordenadas. Le respondió con amabilidad y se quedó pensando en estar jubilado y desorientado. Ya en la oficina encontró una nota que decía “No te calentés que Etchemendi no dura ni 3 meses como gerente de esta sucursal. No tiene con que. El Gordo.” Se quedó quieto, apoltronado en su asiento mirando una planilla de cálculo en blanco durante horas. Apagó la computadora convencido de lo que iba hacer con la información que él manejaba. “Lo voy a llamar al Morsa este fin de semana. El sabrá con quienes hará la logística” pensó. Dobló los planos del banco que le habían dado cuando hizo la reestructuración de las oficinas y se fue rumbo al estacionamiento.

El domingo no pudo dormir. No logró conciliar la angustia, el sueño ni el enojo. A las siete en punto del lunes se fue a desayunar a Ritz donde leyó con detenimiento que una embarazada había sido baleada en una salidera en La Plata. Tragó saliva y miró a la calle. El Morsa ya tenía la información necesaria y estaría reclutando su gente. Enfiló al banco temprano y cuando llegó encontró otra nota del Gordo que decía “a las 11.30 hay reunión con el directorio, venite que quiero que estés informado de unas cosas”.

Al entrar a la sala ya estaban todos sus miembros del directorio en sus asientos. El presidente, Bullrich, lo miró y le dijo:

-Bienvenido.

-Hola, buenos días. Respondió

-Lo estábamos esperando.

-¿A mí?

-Si, si a usted. Mire. Estamos enterados que usted hizo el proceso de selección para la gerencia de la sucursal que finalmente quedó en manos de Etchemendi. ¿No es así?

– Si, claro, estuve compitiendo por ese puesto. Llegué hasta el final.

– Bueno, nosotros estuvimos supervisando todo el proceso ya que había una posición que no la publicamos a propósito.

– Ah, no sabía nada.

-Mire, usted ha demostrado en los últimos diez años que sabe manejar equipos, que entiende el negocio, se adapta a los cambios y sobre todas las cosas fue leal a sus jefes y a este directorio. Nosotros queremos ofrecerle la gerencia comercial…

– ¿A mí? ¿Y el Gordo?

–  No, espere. No le estamos ofreciendo la gerencia comercial de esta sucursal. Queremos que sea el gerente comercial de la casa matriz.

Minutos después, volvió a su oficina exaltado de la felicidad. Llamó a su madre y habló con su hermana. Se recostó en el asiento, movió el mouse y al ver la planilla de cálculos en blanco su comisura se volvió a alisar. “Me mandé una cagada” pensó.

@martinkunik

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Comments

  1. Luis Pedro Toni says:

    Excelente!

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