Aguafiestas


Surf City, NC.

Surf City, NC.

La luna resplandecía en el mar. Había pocas olas y los hilos de luz blanca se esparcían en la marea. Decidí que del grupo iba a ser el primero. Mis zapatillas quedaron sobre la arena; mi remera, short y calzoncillos sobre ellas. Corrí haciéndome el gracioso y me interné en un agua calida y oscura. Detrás mío vinieron los demás. Estábamos todos lindos y fatales; embriagados de alegría y alcohol. Al llegar al mar, Mary se adelantó y quedó de frente al horizonte. La marea subía y bajaba vistiendo y desvistiendo su culo erguido y adolescente. Yo miraba su cuerpo entre la trasluz de nuestras risas. Sus curvas estaban firmes y tiernas. Detrás, Conor, Erik y Michael emprendían una guerra de agua contra Jenn y Aubra.

La casa estaba sobre la playa. Llegamos ese mediodía a Surf City porque Emily quería correr un triatlón a la mañana siguiente y su novio Conor, presto para la joda, organizó la estadía con diez personas más. La noche me encontró en una terraza tomando distintos tipos de cervezas y comiendo ese asado gringo llamado barbacue donde se mezclan papas asadas y cortes de vaca extraños para el paladar argento. Fui a ese paseo para dejar atrás una relación que solo me dejaba soledad para repartir. Todos eran mis compañeros de posgrado en Chapel Hill menos Conor y una pareja amiga de él, Mary y Ben.  Se hacía tarde y Emily se fue a acostar porque a las cinco teníamos que estar despiertos para llegar a la largada del triatlón en una localidad cercana. Detrás de ella fueron defeccionando Corey, Renee y Ben. Nos habíamos quedado despiertos un grupo de siete personas. La conversación se fue desvirtuando entre chistes obvios y apuestas infantiles. Después de cada sorbo me preguntaba y repreguntaba qué estaba haciendo yo ahí con esa gente sin tener ningún tipo de esperanza acerca de la respuesta. “Mejor estar con gringos que bien acompañado” pensé semi borracho. En un momento, Mary alzó su voz y propuso desnudarnos e ir al mar. Haciéndome el latino irreverente primerié con un “¡vamos ya!” que seguramente fue más producto de la desinhibición alcohólica que de mi gallardía.  Me paré, bajé de la terraza por las escaleras y pisé firme la arena. Solo quedaba desnudarme con la valentía en alza y la pija en baja.

Mientras me excitaba con Mary desnuda en el agua oí desde la orilla un grito. Mis amigos se callaron y el único ruido que se escuchó segundos después fue un chapoteo frenético. Ben se había despertado y vio como su novia se lanzaba desnuda al agua con un grupo de desconocidos. Se metió vestido y como un tiburón ávido de sangre fue recto a tomarle del brazo a Mary. La sacó del agua de un solo forcejeo. Parecía el hombre de las cavernas en versión redneck. El grupo se quedó mudo. Salimos del agua y nos secamos con unas toallas. A mi me tocó una blanca y pequeña que tapaba mi juguete rabioso pero dejaba al aire mi culo regordete, lampiño y blanco. Conor entró a la casa para supervisar que la cosa no se pusiera violenta. Unos minutos después, se escuchó el rugir de un auto que se desvaneció en la oscuridad de la noche. Cuando Conor salió, nos dijo con su pachorra de costa oeste que Ben estaba descontrolado de furia, que se había regresado a Chapel Hill en ese mismo instante. Alguien reprobó: “¿Ahora? ¡Son las cuatro de la mañana!” Me vestí en silencio sacándome la arena de la entrepierna y me senté mirando al mar. La resaca iba a ser peluda, el cansancio iba ganando territorio.

Twitter: @martinkunik

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