Perversiones inconexas


https://i0.wp.com/culturacolectiva.com/wp-content/uploads/2013/02/96089-libros.jpg

Escribir me gustaba…

Todo empezó después de haber visto un tuit que decía que había vacantes pero yo lo dejé pasar. Unos días después me arrepentí y escribí al mail promocionado que quería tomar clases en ese taller. Del otro lado, me respondió un consagrado escritor que me dijo que las clases quincenales estaban todas tomadas pero había un hueco en las clases semanales. “Mejor”, pensé y le di para adelante.

Antes de mi primera clase estaba lleno de expectativas de todo tipo pero también de dudas abismales. En primer lugar, estaba un poco asustado, no sabía si iba a estar a la altura. Nunca antes había participado de un taller de narrativa. Quizá no era para mí, quizá mis compañeros eran unos Borges o Cortázar tapados y yo un bloguero de cabotaje, un tuitero de cotillón. Quizá lo que estaba escribiendo para la primera clase era una bosta y para peor me iban a dar una palmada en la espalda con condescendencia sólo para hacerme sentir bien para que siga viniendo. En segundo lugar, no sabía qué tipo de gente me iba a encontrar. Quizá era de esos talleres llenos de adolescentes hipponas calientes con el escritor consumado que, por un lado, me permitiría ver algún buen culo o alguna teta tierna sin corpiño bajo una remera con el símbolo de la paz desteñido pero, por el otro, no me aportaría nada a mi narrativa incipiente y pobretona. Por último, me preocupaba los segundos anteriores a exponerme con mi escrito. A veces digo cosas sin sentido cuando estoy nervioso. Además, quién era yo para ponerme a opinar sobre lo que escribían los demás; a lo sumo mis lecturas más concienzudas se nutrieron de revistas cómo Condorito, El Gráfico y la Sex Humor.

En fin, ahí fui una vez más a darle rienda suelta a mi falta de criterio y ponerme en ridículo ante una jauría de desconocidos, ante la nueva vanguardia de escritores argentinos. Llegué a la hora señalada a Av. Córdoba, subí por el ascensor y en la puerta del estudio saludando al escritor vi llegar a un flaco con el que habíamos compartido uno de los viajes más bizarros de mi vida. Eso me tranquilizó, no sé por qué. Quizá por asumir que un momento bizarro compartido deja un hilo de confianza. Me di cuenta rápidamente que las pendejas hipponas no existían. De hecho, todo lo contrario. En ese taller había más olor a huevo que en un gallinero. Casi todos hombres. Entre el género femenino había una mujer pelirroja muy sensual y atractiva con doble apellido que siempre pedía la consigna y que un tiempo atrás había sido azafata. El público masculino, con la venia del profesor, le tiraban abajo todas sus historias de amor. “El amor es muy poco literario” decía el escritor/profesor y yo asentía en silencio pensando “claro, lo literario son los culos, los culos que son un poema…” Sin embargo, la ex azafata no se amilanó y comenzó a traer cuentos bien logrados desde la perspectiva de un chico que nos dejaba con alguna imagen escalofriante. Entre los muchachos había un abogado experimentado que un día me perturbó con uno de sus personajes. El hecho era que a uno de los protagonistas le gustaba acostarse con una suiza bigotuda. Metía varios chistes en los cuentos que me hicieron reír pero por varias semanas no pude conciliar el sueño con la imagen de la morsa suiza. El flaco, el del viaje bizarro, nos tiraba por fascículos su novela llena de diálogos dramáticos con cierto sarcasmo. Me impresionaba (y agradaba) que sus personajes no paraban de coger, parecía una novela de Houellebecq. El flaco, cuando la leía, era todo un show. Histriónico cuando le tocaba ser histriónico, más apacible cuando venía el drama. También había un Tanito, se mandaba unos diálogos muy logrados con personajes campechanos dignos de envidiar. A veces, me enredaba en la historia pero siempre tenía finales sorprendentes y en ocasiones super dramáticos. Después había uno que era un personaje, se autodenominaba Picasso. El tipo lucía una barbita finita, portaba un humor elegante y cuando leía tenía un aire Cortaziano; solo le faltaba el faso y el acento francés. Eso sí, estaba obsesionado con un balcón que aparece de tanto en tanto en sus cuentos. Yo siempre esperaba ese balcón porque me da la sensación de que no hay punto ciego para la literatura. Como el abogado, este Picasso también me dejó perturbado con un cuento donde un jardinero era un taxi-boy asquiento. Yo, por las dudas, me sentaba lejos de este tallerista. Como escritor es un gran perverso, pero yo por las dudas trataba de conservarme. El Tanito y Picasso, de vez en cuando, se les escapaba una carcajada cuando yo leía. No sé muy bien si se reían de mis chistes o de lo mal que leo pero me desconcentraban. Por último, estaba Mara una joven abogada a la que no le escuché muchos cuentos porque faltaba cada dos por tres por exámenes aunque percibo que le gusta la narrativa con cierto suspenso. A mi Mara me intimida. No sé si es porque está rodeada por mayoría de machos desubicados que la hacen reaccionar o es su feminismo militante o porque le hinché las pelotas pero me intimida. A la vuelta del taller se volvía conmigo en subte y yo cuidaba mucho lo que le decía. Tiene una mirada letal ante un comentario presuntamente machista y la suficiencia de contra argumentar el pedido inocente de su visión femenina. Te mira con firmeza y te dice “no sé si darte una visión femenina, te doy mi visión…” y vos ante tal disquisición quedas tecleando como un salame. De todas maneras yo prefiero sentarme cerca de Mara, prefiero que me intimide ella que el perverso de Picasso, no jodamos…

Clase tras clase me fui entusiasmando. El profesor/escritor parecía un tipo sensato, tenía una rapidez mental admirable para decodificar la estructura de un relato. En un principio no me daba cuenta, pero al pasar de cuento en cuento iba tirando consejos y recursos narrativos que sumaban mucho al corregir lo que uno llevaba. A veces, cuando escuchaba los relatos de los demás, me daba la impresión que prestaba atención como un chico cuando le cuentan un cuento antes de ir a dormir, se permitía sorprenderse y eso es admirable en las personas que lo pueden hacer. Pero apenas terminaba el relato iba directo al punto, a veces con algunos tecnicismos otras con ejemplos de otros autores. Me entusiasmaba especialmente la ronda de comentarios de los otros talleristas ya que muchas veces surgían ideas inesperadas o correcciones de puntuación que le sumaban a mi producción literaria. También surgían ideas humorísticas o perversiones inconexas.

Hace cinco meses que no voy más. Descubrí algo que en un principio no quería ver. Algo que me hizo ruido. Me cuesta escribirlo, me cuesta poder expresar este sinsabor. Pero tengo que lograr tener el valor para que no le ocurra a nadie más. Que se sepa con todas las letras, a este grupo de gente le gusta las prácticas sadomasoquistas y especialmente victimizar a personas como yo. Por lo menos, el lado sádico lo tengo documentado y lo repasé mentalmente durante todos estos meses. Es una pena que en su momento no hice la denuncia.

Todo empezó cuando comencé a hacer dieta. Venía con un sobrepeso importante que cuando jugaba al fútbol se trasladaba con dolor a mi rodilla derecha. Comencé estrictamente comiendo ensaladas de lechuga, rúcula, remolacha, zanahoria, tomate y todas esas porquerías que a un gordito glotón le dan asco. A veces, cuando tenía síndrome de abstinencia por algo dulce tenía que sucumbir al poco azúcar que dan las mandarinas, las naranjas o las bananas. Sin embargo, cuando soñaba, mi mente ponía el foco en un chocolate con cereal tostado que se derretía en mi boca. Me despertaba sudando con la respiración entrecortada, me sentaba en la cama y como si fuera una pulsión incontenible iba caminando entre la oscuridad hasta la heladera que iluminaba mi sublimación: el postre SER de dulce de leche. ¿Pero qué tiene que ver esto con la gente del taller narrativo? Mucho. Esta gente sin escrúpulos, estos seres despreciables, traían a cada reunión alimentos prohibidos. De repente, aparecían chocolates con almendras, chocolates aireados, chocolates rellenos con dulce de leche, chocolates blancos. El Tanito decía que no le gustaban los chocolates y su “solución” era traer pepitas con el bendito dulce de membrillo que tanto me gusta. El flaco, por su parte, sacaba con displicencia de su mochila el mini alfajor Jorgito espolvoreados de ese azúcar impalpable que sólo Dios y la Virgen saben cuánto me gustan. Un día llegaron a traer una docena de facturas. Menos mal que no estaban los pañuelitos con dulce de leche porque el palpitar de mi corazón no iba a poder soportar semejante desafío. Yo sé que ellos se reían. Yo sé que me miraban y decían por dentro “dale gordito, dale que quebramos la dieta hoy”. Estoy seguro que hicieron apuestas entre ellos: “Para mí se quiebra con los alfajorcitos el gordito gilun” decía uno y otro le respondía la semana siguiente “con el dulce de membrillo lo clavamos, vas a ver cómo le tiemblan sus mofletes.” No tengo total certeza pero estoy seguro que el que hacía de garito era Picasso, quién más. Mientras tanto, yo seguía incólume e impertérrito detrás de mí yogurt SER y mi choco arroz con gusto a telgopor.

El punto de inflexión fue un día que llegué unos minutos antes y decidí entrar al Café Martínez que estaba al lado del estudio del taller a pedirme un capuccino con leche descremada. De repente, llegó el profesor/escritor y me invitó a sentarme junto a él. Para mí era todo un honor, me daba la oportunidad de preguntarle cosas que en el ámbito del taller no me animaba. Pensaba en la envidia de mis compañeros cuando supieran que había tenido la posibilidad de tomarme un café tet-a-tet con una eminencia contemporánea. Ahí estaba yo, orgulloso de mi mismo aprovechando el momento cuando se acerca la mesera y le deposita frente a él una porción inigualable de chocotorta. El tipo se la manducó en menos de un minuto. No le dio descanso ni a la torta ni a que mi vista degustara esas galletitas bañadas en leche y cubiertas con ese dulce de leche rebajado con queso blanco. Me quería morir, eso fue uno de los tormentos más perversos de mi existencia. Repito la imagen e intento borrarla pero no puedo. Quedé petrificado, quedé con un agujero en mi alma y en mi estómago. En ese instante decidí dejar el taller. En ese instante dejé de escribir. ¡Hijos de puta!

 Twitter: @martinkunik

Anuncios

Comments

  1. Siempre me fascina tu estilo,abrazo,Rosita

  2. Federico CAEIRO says:

    estás yendo a algún taller? yo ahora tomo clases con José María Brindisi

  3. jaaaaaaaaaa Era Mairal la “eminencia”? 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: