Botar


Cochecito

Un simulacro de los hechos

“Siento que nos estamos olvidando de algo” le dije a Catalina. Ella miró alrededor y me dijo que no, di la vuelta con el auto y nos volvimos a Buenos Aires. “La Plata es chata, es un barrio grande, una sumatoria de suburbios con un centro de ciudad” pensé mientras de reojo miraba a mi hija dormida por el espejo retrovisor. El sur del conurbano nos rodeaba en su atardecer descampado al borde de la autopista. No pensábamos ir a La Plata, no era la intención pero cuando me desperté me propuse hacer algo distinto y con mis chicas pensé enfilar para costanera sur. La idea era dar una vuelta por la reserva ecológica pero era una mala idea. La mañana estaba demasiado fría y temía que la beba se resfriara más de lo que estaba. Entonces, le dije a Cata que llamara a su amiga Alejandra; aquella con la que había compartido dos años en Holanda. Era paradójico, Alejandra había vivido casi un lustro debajo del nivel del mar haciendo su doctorado pero el agua la encontró una noche de abril de 2013 en “Silver City”. Hacía unos meses había comprado con mucho esfuerzo un PH donde vive con su hijo. Salvó todo lo que pudo de su nueva casa con la inconciencia de pensar que el agua no iba a subir demasiado. El agua es traicionera como la memoria.

Enfilamos a La Plata, y cuando llegamos, en la pared del pasillo que nos conducía hasta la casa, todavía tenía la marca hasta donde había llegado la inundación. Alejandra se reía de todo, el olor a humedad había desaparecido pero se le notaba que recién estaba emergiendo de una depresión. Su hijo no estaba y decidimos rápidamente ir a alguna parrillita a comernos una vaca. En realidad, decidí que yo me comería una vaca si no arrancábamos en ese instante. Tenía tanta hambre que mi estómago se agujereaba de las ansias por alguna achura. Finalmente, paramos en una parrilla suburbana cerca de la facultad de agronomía. El día fue maravilloso, Catalina y Alejandra se “desatrasaron” –así le dicen en Colombia a ponerse al día­– de todos los vaivenes de la vida cotidiana: hijos, pareja, trabajo, futuro incierto, viajes, conflictos y personas en común. Ya en su casa nuevamente, nos despedimos con unos mates y al salir a la calle Alejandra me vio desbordado porque llevaba el cochecito, las camperas, el bolso y la cámara de fotos. “¿Querés que te lleve el cochecito?” me preguntó y yo respondí que no. Catalina se ocupó que la bebé estuviera bien agarrada en el “huevito” y yo acomodé todo.

La autopista es toda lisa, y las ruedas van pasando referencias de una llanura urbanizada a destajo pero en forma discontinua. Bernal, Quilmes, Avellaneda, Dock Sud, el Riachuelo, La Boca, Av. Madero. Estacioné el auto en el garaje. Estaba contento, habíamos pasado un día diferente fuera de Buenos Aires. Catalina desabrochó a Lu y yo me apresté a sacar el cochecito del baúl. No estaba. En el baúl no había nada. “Me robaron el cochecito” pensé para justificarme mientras sentía una sensación de culpa arenosa. Un segundo después, me di cuenta que ni siquiera había parado a cargar nafta. No hubo robo, hubo olvido. Pero si yo no me olvido nada. Si yo estacioné el cochecito detrás del baúl, acomodé el bolso, la cámara, me saqué la campera y la puse en el asiento del acompañante y…y…nos fuimos. Alejandra, después de nuestro llamado desesperado, salió a la calle con su hijo más de una hora después de que nosotros partimos y el cochecito ya no estaba. Encima, mi auto lo había estacionado cerca de un contenedor de basura. Todas las señales daban que yo, el hiper responsable Martín; yo, el papá más bueno y lindo del mundo; yo, el obsesivo compulsivo; yo, el que controla todo y todo está bajo su control había dejado el cochecito cerca de un cordón de vereda en La Plata. Es decir, yo, el urbanista, había perdido el modo de transporte de mi hija.

Un rato después estaba hundido en el sillón frente a un televisor apagado sintiendo que una daga imaginaria me atravesaba el cuerpo. La daga tenía gravado un “boludo” gigante que latía en mi cabeza. Me era insoportable mi ser; ser era insoportable en ese instante. Veía el “huevito” y sentía que le faltaba su media naranja, ese cochecito negro con la capucha larga que protegía a mi hija del sol. Sabía que mi esposa estaba disfrutando este momento. Ella que se olvida todo; ella, que no sabe dónde están las llaves; ella, quien posee la tarjeta SUBE con patas porque nunca esta donde tiene que estar…sí, ella disfrutaba con cara de preocupación, pero gozaba de mi desliz. “Menos mal que le ocurrió a usted y no a mí porque si no nos agarrábamos a pata” atinó a decir para consolarme…lindo consuelo.

Los psicólogos llaman disposofobia al miedo que tienen los obsesivos a perder los objetos materiales. Según los que saben, para el obsesivo lo material sería la extensión del cuerpo; por eso, no se puede desprender u olvidar del objeto, lo necesita guardar. No sé para qué llamé a mi vieja, una psicóloga disposofóbica peor que yo. Una vez hizo movilizar a toda Francia para que le traigan una estola que había olvidado en el aeropuerto Charles De Gaulle. La gente normal que pierde algo en un aeropuerto se jode y listo. Ella no. Después de meses logró tener la estola en sus manos y lo cuenta a todos como si hubiera sido una osadía. Más que osadía, ella es una hinchapelotas y lo sabe. Ahí estaba yo compartiendo la angustia con alguien más angustiado que yo. Era tan así que decidí cortar la conversación. Para mí, no hay peor estado que la resignación, el no poder subsanar un error. Me angustia hasta el alma. No me puedo perdonar el olvido, mi olvido. No había a quién reclamarle, no había como calmar mi autoexigencia. Pensé durante días que estaba muy mal de la cabeza por haberme olvidado el cochecito de mi hija, que algo me estaba pasando, me estaba deteriorando. Fuimos a comprar el mismo cochecito para enmendar de alguna manera el daño pero yo seguía apesadumbrado, triste. Con los días, me fueron llegando versiones de gente que olvidó el cochecito y hasta sus hijos en algún lugar. Me fui calmando, me fui acomodando de nuevo, me fui perdonando. No aprende el que no yerra. No siente el que no olvida. “Lo botó y listo. A otra cosa” dijo Catalina con total displicencia. Botar, un verbo que a los argentinos nos es ajeno. Ese verbo que puede ser usado como “tirar” u “olvidar”. Lo boté sin dudarlo aunque lo quería guardar.

Twitter: @martinkunik

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Comments

  1. Te acompaño en sentimiento. Tengo un monedero de metal que me acompaña desde los 14 años. Lo uso todos los días (todos) desde hace 34 años. Me acuerdo con precisión enfermiza las dos veces que lo “boté”, aunque en ambos casos volví al fatídico lugar lo suficientemente rápido para recuperarlo. Por historias muy parecidas a la que contás he recibido muchas veces más que una vez el comentario entre jocoso y sentido de mi marido: “Mercedes, ¿cuándo vas a aprender a joderte?”. 😉

  2. Alejandra says:

    Joderse NUNCA!
    A mi me dio pena la pérdida, era un superespor!! Me imaginé perfectamente la sensación de Martín por habérselo olvidado…yo me hubiera sentida una boluda total también!! No sabía que eso era…cómo se llama la fobia?….
    La cosa es que siempre que pasa alguien con un cochecito por mi barrio miro, a ver si es EL cochecito…y después me pregunto….y si es el cochecito, como puedo confirmarlo? Qué haría si alguien pasa con el que yo creo es EL cochecito? se lo arranco de las manos, no sin antes sacar el bebe y ponerlo en brazos de sus padres? Le cuento la historia y le pido que me lo devuelvan? Les digo que lo disfruten, porque total, seguro que Cata y Martin ya repusieron el vehículo de la princesa? No sé. pero sigo observando….
    era un superespor…
    yo recuerdo cuando cargaba con quinientas mil cosas mas hijo, tratando de mentalizarme: si alguien me quierre robar mi laptop en estas circunstancias….tengo que dejarlo ir porque estoy llevando a mi bebe tambien…primero lo primero…pero lo tenia que pensar claramente ante cada salida, porque uno no sabe el arranque que puede tener ante la situación de que lo manoteen aprovechando la vulnerabilidad del equeco….
    cosas de la parenthood (no sé cuál sería la palabra en español que no denote género, para este rol).
    Alejandra, la inundada que emergió de la depre!

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