Diario de viaje: California I (On the road)


Ocean Beach- San Diego, California.

Ocean Beach- San Diego, California.

4 de Octubre, 2012

Llegamos al aeropuerto Hartsfield-Jackson de Atlanta y la magnitud de la fila para hacer los trámites de migraciones y aduana era grandilocuente. Ese aeropuerto es enorme, tiene un tren que te lleva a los diferentes terminales que a su vez tienen cientos de puertas de abordo. Me hizo acordar cuando llegué en 2005 a ese mismo lugar. En ese momento iba a comenzar una experiencia que duró 3 años (maestría y trabajo) que se desarrollaría en Carolina del Norte y en Washington. Recuerdo que con la primera persona con la que interactué en ese momento fue un cowboy de Montana con quien cruzamos algunas palabras mientras tomábamos el tren interno del aeropuerto. Ahí estaba 7 años después y después de 4 años de no pisar suelo norteamericano subí a ese tren con mi esposa y cuando llegué a la terminal que me correspondía vi esas maquinas expendedoras de snacks y bebidas e inexplicablemente me agarraron ganas de consumir. Quería usar mis monedas o mi tarjeta para comprar algo. No eran esas ganas de consumir algo que se necesita, sino una extraña sensación de sentirse que uno estaba en Estados Unidos y quería auto agasajarse y dar cuenta del hecho. Decidimos (en realidad decidí yo) con Cata a ir por unos cafés y en el corredor del aeropuerto nos encontramos con Paola Alvarez, una amiga colombiana de Cata de la época de la universidad. Pao habla rápido, tan rápido que a veces se contesta sus preguntas retóricas en una forma super graciosa. Todo un personaje. Fuimos hasta un puesto donde venden café Lavazza y me compré un bagel con cream cheese. Una digresión, siento que después de la rueda, el bagel con cream cheese es el invento más significativo de la humanidad…amén…Para ser sincero no tenía hambre, era simplemente una racionalización para justificar mis ganas de consumir. Ahí estaba, sentado en una mesa de Georgia, donde comienza el sur profundo norteamericano, masticando mi bagel y disfrutando un capuccino tratando de sentir que podía, con una absurda y humilde racionalización, que estaba viviendo el sueño americano…

***

Octubre 5 y 6, 2012

Llegamos a San Diego nuestro destino final después de 15 horas de vuelo. Esta ciudad, también esta al sur de Estados Unidos pero en la west coast (la costa oeste) que para algunos es la “best coast” (la mejor costa). California es un mundo aparte; las playas, el Pacífico y lo que se denomina laid-back people (gente relajada) hilvanan una atmósfera singular que te hace despreocuparte de todo y concéntrate en el paisaje y sus atardeceres que pintan cielos que van del azul al caoba en cuestión de minutos que parecen segundos y el sol se va dejándote la esperanza que volverá al día siguiente.

Otra amiga de Cata, Paola Murcia, se había encargado de alquilar una cabaña en Ocean Beach a unas pocas cuadras de la playa para nosotros, ella, su “amigo” (¿?) Jason y su inefable perro Nacho (el nombre completo del perro es José Ignacio…). La cabaña fue una gran elección porque estábamos a dos cuadras de la única playa en la que se permiten perros y a cuatro del centro de Ocean Beach. You want the best, you got the best…

Pero lo que nos convocaba en San Diego era la boda colombo americana de Vanessa y Aaron. Vanessa, hija de un americano y una colombiana es amiga de Cata y las Paolas de la universidad. De hecho, ellas junto a Estefanía (otra graduada de la misma unversidad) y la hermana de Aaron eran parte de la corte de las damas de honor de la ceremonia. Los americanos tienden a hacer un ensayo de la ceremonia al cual debido a un cálculo imprevisto Cata y Pao Murcia llegaron tarde. La ceremonia se iba a concretar en Coronado, quizás una de las localidades más elegantes y exuberantes de San Diego donde el mar, los hoteles lujosos y los grandes yates son solo una parte de magnifico paisaje. Cuando finalizó el ensayo Jason y yo fuimos a Coronado para ser parte del brindis , una encuentro informal un dia antes de la ceremonia. Ahí experimenté algo que no había olvidado pero que hacía tiempo no estaba expuesto: la maestría de los norteamericanos para ser anfitriones y generar el marco para el networking. A la cabeza estaban el padre de Vanessa y la madre de Aaron, se acercaban a cada uno de los invitados, conversaban amablemente con ellos, hacían chistes y luego con la información de esa pequeña charla te dejaban hablando con alguien que estaba cercano a tus intereses o tu historia. Así conocí al novio de la hermana de Aaron, Emilio, un simpático hijo de argentinos que se habían establecido en San Francisco en 1982 pero que no hablaba nada de español. No se si soy bueno en las charlas informales (especialmente en otro idioma) o me intimida un poco estar expuesto a la pobreza de mi inglés oral, sin embargo creo haber hecho un buen trabajo. De hecho, pienso que esta manera no aleatoria de presentar gente ayuda rápidamente a romper el hielo entre aquellos invitados que no se conocen entre si.

Matrimonio en la playa. Coronado, San Diego, CA.

Finalmente, el día del matrimonio llegó. Fue todo lo que uno espera de una fiesta de casamiento: divertida. Vanessa estaba fantástica, parecía una modelo y Aaron tenía toda la pinta de un elegante y seductor jugador fútbol. No se confundan, eran dos ingenieros civiles casándose. La gente “común” también es espectacular. La ceremonia transcurrió en una de las playas de Coronado. Las damas de honor se derretían no por el sol sino por el romanticismo (mi mujer incluida) y los padrinos sonreían sabiendo silenciosamente que en algún momento les tocara a ellos. La fiesta se dio cita en un salón fuera de serie en el que Pao Murcia debió implementar un gran dribling zigzagueante ante el acoso constante de uno de los padrinos que no le importaba mucho la presencia de Jason. Pao Alvarez se lució en un discurso muy gracioso de cómo conoció a Vanessa y casi todos los padrinos pidieron hablar sobre Aaron. Ahora bien, el discurso mas emotivo lo dio el padre de Vanessa demostrando su orgullo por sus hijos. La fiesta tuvo muchos otros highlights como aquella torta de casamiento en el que los muñecos no eran los muy trillados novio con galera y novia con vestido blanco sino la pareja de la mujer maravilla y superman…

Torta de casamiento. La Mujer Maravilla y Superman

Sobre el final estuve bastante preocupado porque Cata no saltara demasiado debido al embarazo, pero todo era un poco incontrolable con la cantidad de latinos que había y la seguidilla de canciones de Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo, Fonseca, Carlos Vives y mezclas con salsa colombiana. Al final, con Cata tuvimos el honor de llevar a los novios a donde se hospedaban, manejé solo cinco (5) cuadras y lo más difícil del trayecto no fue la velocidad que acostrumbran manejar los californianos en sus avenidas sino estacionar el auto de Aaron en el último lugar que quedaba en las calles de Coronado…

***

Octubre 7 y 8, 2012

Al día siguiente dejamos la cabaña y nos fuimos a lo de Vanessa y Aaron a dejar algunas valijas, les mostré las fotos y los videos que tomé de la ceremonia y nos fuimos a almorzar unas ensaladas a un lugar gigante donde te podes servir lo que quieras. Jason se había servido dos platos de ensaladas por temor a “quemar” las calorías demasiado rápido. Cuando salimos Aaron me preguntó si alguna vez había probado las hamburguesas de In-n-Out. Dije que no, que no sabía que era. Ese solo comentario obsesionó a Jason cuando comenzamos nuestro viaje hacia Big Sur. Salimos de San Diego en la camioneta de Pao y Jason comenzó a escudriñar donde parar por un In-n-Out. Pensé que se trataba de un lugar especial de hamburguesas del tipo Fuddruckers o el menos lujoso pero siempre bien ponderado Five Guys. Cuando comenzaba el atardecer Jason que iba manejando divisó un In-n-Out en Los Angeles. Detuvo la Subaru y ahí estábamos. Era un local más de comidas rápidas, con cierto estilo californiano donde una hamburguesa costaba entre 1.75 y 2.50 dólares como máximo. Decidí probarla, no me podía resistir. La hamburguesa era lo más parecido a una de Mc Donald’s o Burguer King. Estaba buena pero nada especial. Comencé a sospechar que el local tiene una buena estrategia de marketing y que el boca a boca hacía todo lo demás. El hecho es que paramos en un In-n-Out y tuve la experiencia.

Perdón por la dieta pero tuve que hacerlo. Los Angeles, CA.

Perdón por la dieta pero tuve que hacerlo. Los Angeles, CA.

Seguimos camino hasta llegar a Palisades Beach en Santa Monica donde bajamos a ver el primer de tantos atardeceres. Nacho estaba feliz después de estar tanto tiempo en el cubículo de la camioneta. Los collies necesitan ejercitarse mucho y su imagen mirando como el sol se escondía fue lo único que lo mantuvo quieto en la arena.

Pao y Nacho en el primer atardecer. Plesiadides Beach, Santa Monica, CA

Pao y Nacho en el primer atardecer. Palisades Beach, Santa Monica, CA

A la noche llegamos a Santa Barbara, una localidad con mansiones gigantes super californianas. Nos quedamos en un inn que tenía un patio central con reposeras y sombrillas de todos colores. Nos fuimos a dormir. Estábamos cansados. Cuando apagaron la luz intenté hacer un último chiste del día pero salió mal. En la oscuridad quise decir “estoy aburrido” pero me salió “I’m boring” (soy aburrido). Cata aprovecho el momento para responderme que si, que lo era, que ya lo sabían…y todos se reían en sus camas por mi equívoco. Pero ese no iba a ser ni mi último ni mi más preciado equívoco. Ya verán más adelante porqué se los digo. Esperen.

Como les contaba el inn donde nos quedábamos era super colorido, en una esquina del patio central te dejaban café y leche sobre una mesa debajo de un cartel que colgaba y decía “Coffee on the patio”…pensé que los gringos adquirían solamente las palabras del español que se relacionaban con el ocio, lo cual podría interpretarse a relacionar a lo latino con lo perezoso. La palabra en español más popular siempre fue “siesta” y ahora era “patio”. Quizás el sesgado soy yo, no se.

El inn donde nos quedamos. Santa Barbara, CA

El inn donde nos quedamos. Santa Barbara, CA

Coffee on the patio. Santa Barbara, CA

Coffee on the patio. Santa Barbara, CA

En fin, Jason nos invitó el desayuno en uno de los lugares más caros de Santa Barbara, D’Angelo, donde los latte vienen con formas de flor o animales. De ahí partimos hacia Big Sur. Hasta ahí Jason había manejado pero esta vez el volante lo tomó Pao ya que el pago del desayuno le dio inmunidad para descansar. El viaje fue muy divertido. Yo estaba contento y jugaba con el slang americano haciendo chistes. Creo que entretuve bastante a Pao y especialmente a Jason con mis pronunciaciones pero Cata me dijo que estaba insoportable.

Dos latte. D'Angelo, Santa Barbara, CA

Dos latte. D’Angelo, Santa Barbara, CA

El camino estaba lleno de playas y acantilados. Paramos cinco veces. Primero paramos en un vecindario de Morro Bay para que Nacho se ejercitaba con una bola roja que Jason tiraba al mar y el perro la perseguía sin escatimar en el frío del agua. En esa playa le tomé una foto a un animal que en inglés pensé que se pronunciaba “seagoat” -debo admitir que mi fortaleza en ese idioma no esta en el nombre de los animales ni en el nombre de las verduras o frutas- corrí a mostrarle la foto a los demás gritándoles el nombre del animal. Al parecer los que me acompañaban nunca había escuchado hablar de un animal así…Después de un tiempo bajo las risa de Jason y Catalina me di cuenta que la palabra para nombrar a una gaviota en inglés era “seagull” y no “seagoat” que vendría a ser una especie de “cabra de mar”…Traté de convencerlos que estaban equivocados, pero creo que no lo logré…De cualquier manera, guardo una foto de aquel entrañable ave….

The "seagoat"- Morro Bay, CA.

The “seagoat”- Morro Bay, CA.

La segunda parada no fue muy lejos de aquella playa pero la atracción era ver los elefantes marinos, animales mucho más grandes que los lobos marinos. Ahí me seguía preguntando ¿si hay lobos marinos y elefantes marinos, por qué no me creen que vi una cabra marina volando? Pero preferí no decir nada en voz alta, quizás había fotografiado una gaviota en Morro Bay…

Elefantes marinos. Morro bay, CA.

Elefantes marinos. Morro bay, CA.

Cuando nos fuimos, las curvas y las pendientes comenzaron a jugarme una mala pasada. Así que cuando Pao preguntó si queríamos parar a la entrada del Big Sur – Julia Pfeiffer State Park donde había un centro de comidas inmediatamente dije que si. En ese lugar con Cata cominos un sandwich de pavo y queso con el pan mas grasoso y delicioso del mundo. Me logré recomponer. En ese lugar se podía ver una vista de la bahía que reflejaba el sol en el mar y los acantilados que componían diferentes tonalidades de marrón según le pegara la luz.

La cuarta parada fue una de las más impresionantes. Pao paró en un estacionamiento en el medio de la ruta frente a un acantilado. Ese estacionamiento tenía un camino que lo llevaba a uno a un tunel que pasaba por debajo de la ruta 1 de California y te encontrabas con unas barandas que te protegían de la altura. Ahí estaba las McWay Falls, una suerte de cataratas que a la distancia parecían un hilo de agua dulce que desembocaba en la inmensidad del océano pacifico. Un lugar precioso en el atardecer justo antes que el sol decidiera esconderse. En ese lugar tomamos miles de fotos. El agua cayendo, el mar, los acantilados y el mar hacían que fuera casi imposible salirse de ahí. Uno quería quedarse y disfrutar.

McWay Falls, CA.

McWay Falls, CA.

Cuando volvimos al auto Pao ya había tanteado mis ganas de manejar así que tomé el comando de la Subaru. A pesar que me tocó un camino lleno de pendientes hacia abajo y curvas, el volante y el control sobre el auto me permitía que la topografía no hiciera mella en mi estomago. Hice la última parada, después de intentar varias veces cruzar la ruta contramano en algún estacionamiento sobre un acantilado. Encontré una curva cerrada pero que me permitía ver si venía autos de frente y ahí cruce la camioneta. La quinta y última parada se sintetizaba en ver el atardecer caoba californiano sobre un acantilado disfrutando los colores que hilvanaba el cielo junto al mar. Nos reímos porque buscábamos “la foto de perfil de Facebook” pero terminábamos haciendo cualquier payasada. Particularmente a mí el atardecer me calma, me da energías. Cuando era chico adoraba estar en la playa en el atardecer jugando al fútbol o simplemente mirando como se escurrían los últimos hilos de luz.

Atardecer. Ruta 1 California.

Atardecer. Ruta 1 California.

Pao, Jason y Cata en un acantilado de la ruta 1 de California.

Lo que siguió en el camino fue la oscuridad y ver como la urbanización le iba ganando terreno a la naturaleza. Experimenté que a los californianos les importa un bledo los límites de velocidad. De la ruta 1 llegué a la autopista 17 que está llena de curvas y más curvas. Por tramos, los límites variaban entre 45 y 55 millas por hora pero el tráfico me hacía sentir su rigor. Sentía que si bajaba de las 70 a 80 millas por hora me iban a pasar por arriba. Llegamos tarde a Los Gatos, un pueblo que está en las afueras del área de la bahía de San Francisco donde vive Pao. Con Jason compramos provisiones para el día siguiente, nos tomamos unas cervezas y nos fuimos a dormir. A Cata y a mi no esperaba San Francisco…

Twitter: @martinkunik

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Comments

  1. Javier Felippe says:

    Me hizo recordar a mi viaje de la Costa Oeste, principalmente el hotelito de Santa Barbara. Gracias Kunik por estas experiencias!

  2. Anónimo says:

    Recordar es vivir… a Nacho le toco baño anoche porque desde que llegamos de la playa le picaba el cuello (debio ser tanta sal no se) desde el baNo… santo remedio. También les cuento que ayer me comí una obleita con dulce de leche… yummy! 🙂 por aqui de resto todo bien. Planeando ir a visitar a mi amigo en Diciembre.

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