Crónica de una noche más


Pipí-Cucú

Pipí-Cucú

Llegué a la estación Olleros y me instalé en el Starbucks de la esquina. Pedí algo frío y me dirigí al segundo piso donde sabía que a esa hora de la tarde iba a encontrar uno de los sillones que me gustaban. Mi mente estaba migrañosa y atribulada. Seguía pensando en los lameculos del poder, en los gimnastas del oportunismo y la genuflexión. Decidí relajarme y saqué el diario PERFIL del bolso para distraerme un poco. Tenía un par de horas hasta que Catalina terminara su cena con amigas. Comencé a leer y me sumergí en diferentes noticias del domingo cuando ya era miércoles. Trataba de evitar las páginas de política pero no podía. Quería calma pero los temas belicosos de la cosa pública y la economía me atraían. Cuando decidí leer la sección cultural comienzo a escuchar un zumbido, una voz quejosa cuya saliva no se secaba.

Levanté mi vista y era la chica que había hecho su pedido de café detrás de mí. Ella, no muy agraciada, estaba frente a otra mujer con pelo largo enrulado y mojado que me daba sus espaldas. Primero pensé que era una conversación entre amigas donde mi sucesora en la fila del café le contaba a la otra sus insoportables problemas de pareja. Después me dí cuenta que ambas estaban molestas una con otra, “problemas entre minas” me dije.

Por décima vez no pude comenzar a leer la columna semanal de Guillermo Piro debido al in crescendo de la disquisición ajena. Aparté el periódico, lo apoyé sobre la mesa  mirando hacia la calle y comencé a afinar mi escucha. Una de ellas hablaba el ochenta por ciento del tiempo echándole en cara –echándole vainas, diría Catalina- lo hija de puta que era la enrulada. La que hablaba menos esperó su turno y pegaba su estiletazo con gusto: hablaba mal de la madre de su verborrágica pareja.  Al parecer la progenitora de esta poco agraciada muchacha no sólo era metida sino timbera. ¿Sería burrera la señora? La otra no aguantó semejante diatriba y se despachó a gusto con un rally de quejas acerca de los problemas monetarios, sus deudas y cómo ella mantenía a la de pelo mojado. Le inquiría, le exigía sin más excusas a su pareja (¿adversaria?) que hablara de ella misma, que hablara de lo que sentía… En la tensión del hastío se percibía que las dos esperaban que su interlocutora se parara y se fuera para corroborar que la otra estaba loca. (¡Loca como tu madre!) Pero ninguna se paró y la violencia verbal hilaba fino. El que se paró fui yo. No soportaba la tensión y mi mente necesitaba relajarse. Tomé mi saco, mi morral y enfilé hacia el baño. Me eché un cloro y cuando salí del sanitario escuché nuevamente ese inescrutable zumbido estoico. Bajé las escaleras y una chica mucho más atractiva que las anteriores me miró.  Le sonreí pero salí de la cafetería apesadumbrado y molesto. Crucé Zapata y doblé en Ciudad de la Paz. “Que paradoja los nombres de las calles” pensé. Cavilaba en las peleas en general. En las relaciones humanas. Me detuve en un restaurante llamado “Pipí-Cucú”. Primero dudé en entrar. Todas las mesas estaban tomadas y pedir una mesa para uno sólo era un despropósito. Sin embargo, entré y me acomodaron en la barra. Pedí mi cena y miré a mi alrededor. En una mesa había seis amigas, todas hablando al mismo tiempo. Esa extraña capacidad femenina de hablar solapando al otro pero escuchando todo. Se hacía la hora de ir a buscar a Catalina. El mozo se acercó a la barra, miró al cajero y dijo “un punto final a la once”.

Twitter: @martinkunik

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Comments

  1. naaaaaaaaaaaaa, como nos dejás sin la resolución de la discusión!!!, eso NO SE HACE!!!!!

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