“Vení que te cago a trompadas…”


Una llama, un incendio.

Una llama, un incendio.

Hace algunos años el secretario de salud municipal lo llamó a mi viejo para que cubriera semanalmente los partidos de futbol de salón del Club Fénix de Beccar. Más allá del incentivo económico, a mi papá le parecía más divertido ir a disfrutar de un evento deportivo y llevarme a mí, que en aquel momento tenía 7 años, para que viera la competencia. El fútbol de salón o fútbol sala –los colombianos lo llaman “microfutbol” y se ríen cuando nosotros llamamos “microcentro” a la zona bancaria porteña- es intrínsecamente un deporte de barrio. Los que juegan son una mezcla de apasionados y adictos al balónpie que alguna vez jugaron en el futbol “grande” o la vida los dejó en las puertas de una cancha de once. Eso si, lejos de ser un deporte para fracasados, el fútbol sala necesita de jugadores rápidos, habilidosos, con reflejos, resistentes y que metan fuerte.

En el segundo partido que lo convocaban a mi papá como médico, Fénix jugaba contra Independiente de Avellaneda. En las gradas se acomodaban los familiares de los jugadores, los socios, los dirigentes y los chicos que querían alguna vez ser parte del espectáculo. La cancha de la calle Formosa, en Beccar, estaba atestada de gente. Recuerdo que el primer tiempo fue bastante equilibrado pero ya se notaba que había cierta “pica” de algún encuentro anterior.

Al comenzar el segundo tiempo, en una de esas jugadas intrascendentes, un jugador de Independiente le va fuerte a un defensor de Fénix que trataba de salir jugando. Esta situación fue como cuando la cerilla de un fósforo fricciona la rispidez de la caja. El árbitro había cobrado la falta pero el rostro del jugador de Independiente recibió un artero y certero puñetazo de atrás de otro jugador de Fénix que reacciono impulsivamente al ver a su compañero tendido en el suelo.

El apacible club de barrio se transformó en el escenario de un show dantesco. No solo los jugadores se trenzaron en una gresca inaudita sino que la gente que miraba el partido comenzó una orgía pugilística incontrolable. No había policía y las sillas volaban, la gente corría y el sin sentido ganaba por afano.

Recuerdo dos imágenes que con el tiempo mi papá y yo las contamos con risa pero con la frustración de no poder transmitir la naturaleza tragicómica de la situación. La primera, hace gala de aquel refrán que dice que “la curiosidad mató al gato”. El arquero suplente de uno de los equipos estaba en el vestuario y al escuchar los gritos de la pelea salió a ver lo que estaba pasando. La imagen es nítida, el arquero sigilosamente sacó la cabeza del marco de la puerta para ver y sin aviso recibió un cross de derecha límpido y contundente en su mandíbula. Knock out, sin más.

La segunda imagen tenía como protagonista a un flacuchento cuya camisa estaba bañada de sangre. Se paraba en guardia como si fuera Sergio Víctor Palma y espetaba a su contrincante “¡vení! ¡vení que te cago a trompadas!” Este retador de entrecasa, este indómito desprejuiciado, no percataba que su nariz estaba rota y un mar hemorrágico no podía parar de salir. Tampoco percataba que su adversario –al que amenazaba a destajo- era un fornido muchacho que medía cerca de dos metros y que no tenía ningún prurito en volverle a aplicar otra suculenta paliza.

No se cómo salimos de ahí ilesos, mi viejo alega que su guardapolvo de médico hizo de aura entre ese mar de piñas, patadas y sillazos.

En estos días cuando los trenes se descarrilan, los subtes paran y los aviones nunca llegan a tiempo mi papá recordaba ese momento. La decadencia del transporte público agrega sobre la paciencia de la gente un nivel de frustración constante. La “pica” se profundiza. La furia se contiene por un tiempo pero sólo basta con una llama para desatar un incendio, con un puñetazo para desatar una gresca. Ya no hay tiempo para chicanas televisadas, la gente no come vidrio y su paciencia se acaba…

Twitter: @martinkunik

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Comments

  1. muy bien transmitida la frustacion de la gente,abrazo,Rosita —

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