Breve relato de una hechicera (Diario Perfil)


Diario Perfil, 6 de noviembre de 2011

Até mis cordones y doblé por pasaje Carabelas, el cartel de la marroquinería ya no estaba y pensaba en el tiempo de viaje que me tocaba frecuentar. Esquivé un bolardo y un banco, esfinges del nuevo urbanismo, y enfilé para la boca del subte. Ahí sucedió. Pasó de golpe con su camisa blanca y corta, sus calzas ajustadas al son de piel y sus botas de provocación. Su melena negra despedía el perfume de la atracción y el ritmo de su caminar inmovilizaba a cualquier peatón. Eso fue lo que pasó. Vi todo su trayecto. ¿Treinta metros? ¿Cincuenta a lo sumo? Bajó hacía la línea C y Pedro que venía subiendo paró en el descanso de las escaleras cuando la vio venir e ir. Volvió su mirada hacia adelante y levantó la ceja frunciendo sus labios tratando de asimilar la estela de belleza femenina que había pasado a su lado. No pudo dejar de pensar en ella y en el comentario que iba a derramar en la mesa de amigos para describirla. Sonreí como queriendo demostrar complicidad masculina y seguí mi camino. Mientras me acomodaba la mochila haciendo zig-zag por los escalones, la vi pasar el molinete sin mirar a nadie. Quizás, sin saber, ella iba dejando el hechizo adherido en la libido de los guardias que la veían pasar. Apresuró el pasó y se metió en la boca de mi destino. “Bien, va a Retiro” pensé.

Su recorrido a lo largo del andén fue percibido por Andrés, un estudiante secundario que estaba esperando la formación abrazado a su novia. Se quedó sordo y perdió brevemente la noción del tiempo. Se despabiló y apresuró su mirada al piso, total ya la había visto venir, y la volvió a levantar con disimulo hacia el otro lado una vez que la hechicera pasó caminando al borde la línea amarilla del andén. Así, Andrés apreció sin escrúpulos el contoneo y ritmo de semejante mujer por unos breves segundos. La perfección, el momento crucial. Volvió la vista a su novia y quiso retomar la conversación pero se dio cuenta que no sabía de que estaban hablando. Balbuceó y sacó a relucir la falta de criterio en la respuesta que dio. Su novia se ofuscó y aflojó el abrazo que los sostenía. Le iba a costar varios minutos de conversación para retomar el hilo conductor de una historia que ya no le interesaba comentar. Mi sonrisa seguía intacta.

Ya había visto varias de estas escenas desde el kiosco de diarios de la estación. Pero Carlitos, el octogenario canillita de Diagonal Norte, no había percibido semejante parecido a la actriz italiana de sus sueños con quien se ratoneaba en su juventud. Soltó la revista de psicología que estaba ordenando y se quedó perplejo. Recordó los viejos cines de la calle Lavalle, el billar con los amigos y aquella relación amorosa que no pudo ser. El canillita rejuveneció en la brevedad del perfume estentóreo que se inmantó en ese pasaje oscuro iluminado por una mujer a la que le llevaba casi medio siglo. Luces y juventud. Perfume y displicencia.

Ella llegó al final del andén y mientras era atravesada sin encubrimiento por los ojos de Román, un obrero de la construcción que volvía para José León Suárez, el subte llegó con una sincronía pasmosa. La perdí entre la gente que descendía y los que subían rumbo a Retiro. Me senté en el asiento azul aterciopelado que alguna vez tuvo un viejo chicle pegado. El vendedor ambulante vendía su “fina, fresca, sana” golosina y al terminar su alocución que nadie escuchaba espetó: “llevas marca, llevas calidad, llevas cantidad”. “Fina, fresca, sana…femenina”, me dije sonriendo. Miré el techo del tren, suspiré y ya fuera de la escena comencé a cavilar sobre como escribir acerca de la obviedad masculina…

Esta versión fue publicada en la edición impresa del diario Perfil el 6 de noviembre de 2011 en la sección “Microrrelatos” del suplemento Cultura.

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Comments

  1. Atractivo relato…como si lo palpitara!!!

  2. bien ahí!!!

  3. Muy bueno!
    Creo que todas las mujeres vamos a querer sentirnos identificadas con esa hechicera…

  4. Martin, sos un genio!!!!
    Y pensar que todavia sos mi primito chiquito

  5. Me impactaron las imágenes del relato y, sobretodo la originalidad de su descripción. Cada pensamiento salta como chispazo al aire. ¡Genial, Martìn!, Tu cuento me encantó

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