La prepotencia de una embarazada


Embarazada y tren

Dedicado a Dolores Monteverde y a Natalia Chaiman.

No hace falta que llegues hasta el último párrafo para darte cuenta que soy un cretino. No me interesa ocultarlo. Pero tampoco quisiera que pienses que esto es un descargo, simplemente es una descripción de lo que te puede ocurrir a la hora pico en un tren. Un ensayo sobre el descaro de las embarazadas…

Llegás un poco acalorado después de un día agotador de trabajo y un viaje en subte que no es el más feliz por la muchedumbre que te amucha durante todo el trayecto a Retiro. Subir las escaleras se hace dificultoso porque la gente que sale de la formación es un compacto bloque de individuos que choca inexorablemente con el ejército que baja las escaleras provenientes del andén del tren como si fuera una cruzada para cazar el último subte de la historia hacia Constitución. El andén está repleto de gente y uno elige la fila menos congestionada. El tren llega, en general a destiempo, y uno comienza a especular si el azar o la estadística le va a dar cabida a que tu culo se apoye en algún asiento y tus pies descansen durante más de 30 minutos. A mi me gusta leer, ese es el beneficio del transporte público, poder hacer otra cosa mientras te movilizas a destino. Sin embargo, aunque la Diosa Fortuna esté de tu lado hay un personaje con cara de ángel pero con el cinismo suficiente para que tu viaje ya no sea como habías deseado…

Después de varios minutos esperando el tren y otros minutos esperando que el último pasajero se suba a la formación las puertas atinan a cerrar. En ese instante aparece la mefistofélica figura angelical de la embarazada de turno. Si, como un rasguño de último momento, tal como lo hacía el “tiempista” de vocación “Cachito” Borelli a los delanteros contrarios, entra con cara de pocos amigos y pisa fuerte. En ese momento, tu asiento, ese, con el que tanto te entusiasmaste, queda a merced de su decisión.

La técnica varía según la persona. Puede entrar y con decisión pide arteramente al infeliz que está sentado su asiento. Otra variante es la de entrar silenciosamente, acomodarse parada entre los asientos ocupados y refregar su panza con una mano a pocos metros de tu cara para que te sientas culpable y le cedas el asiento. Válido y efectivo, especialmente para aquellos como yo que sienten la “culpa” proveniente de la cultura judía donde no se puede incumplir con el deber ante quien nos ha elegido.

Claro que uno se puede hacer el dormido o el distraído ante tan despreciable ser y así forjar que un tercero ceda su asiento. Una vez que arranca el tren uno puede comenzar a desensillar la lectura del periódico/libro elegido o twittear a destajo criticando al emulo de Joaquín Sabina que canta sus interminables canciones (Sabina le hizo un mal a transporte público) mientras destila entre canción y canción su mensaje ético que nadie quiere escuchar. No obstante, uno nunca sabe cuando una embarazada sube en las primeras estaciones subsecuentes y por tal motivo la paranoia sigue latente. Ahí es donde, en general, aparece la tercer variante para las futuras mamás, quizás la mas aberrante debido a la necesidad de un cómplice. Ella entra en la estación Belgrano con cara de que va a parir ahí mismo aunque está enbarazada de cuatro meses o simplemente desentendida de que está embarazada. Ahí empieza accionar aquel energúmeno que cree hacer justicia por mano propia, alza la voz reclamando un asiento y poniendo la más excesiva cara de indignación. Ella finalmente accede a sentarse mas allá de si era su intención buscarlo. La vehemencia de este justiciero social lo hace posible. Un carbón de mala entraña que actúa por la búsqueda del reconocimiento femenino y por su insaciable envidia de que otros tengan su banco. Un desgraciado lleno de frustraciones donde su minuto de fama transcurre haciendo “la buena acción del día.” Un mala leche, un mentecato agorero, un pollerudo sin suerte, un privado de razón…Personaje obsecuente que habría que desterrar del transporte público (incluyendo las bicicletas de alquiler) que merece ir a pie por el resto de sus días soportando la ignominiosa cruz del “buchonazo.”

Por último, quiero dejar testimonio de una actitud que es constante en la embarazada: nunca pide el asiento reservado para embarazadas. ¡JAMAS! Muchachos, ¡avivémosnos! Las embarazadas siempre van hacia el medio del vagón. Algún día cuando me pidan el asiento les voy a rogar que se dirijan al lugar que les corresponde. Pero si acciono de tal manera es lo mismo que ser aquel despreciable justiciero social. Una amiga me advirtió que en los asientos para embarazadas “tenés las ruedas abajo y por lo tanto contracciones todo el tiempo. Lo mejor es sentarse en el medio del vagón así que evitá la puerta más cercana, o al menos sentate de espaldas a la puerta y en una ventanilla.” (SIC)

Al parecer la culpa es nuestra…

Twitter: @martinkunik

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: